Di gallery, Sevilla, 2021
Joaquín Jesús Sánchez
En nuestro tiempo, la pintura es una práctica escolástica. Felizmente desligada de cualquier utilidad material o social, los pintores son parientes de aquellos teólogos bizantinos que –según se dice– reñían sobre el tamaño de los ángeles mientras los turcos cercaban Constantinopla.
No se lea como un reproche, sino como un grandísimo piropo: la autarquía y el ensimismamiento han alumbrado algunas de las más altas cumbres del espíritu humano: los mandalas de arenas de color, el Diccionario de Lengua Universal del doctor Sotos Ochando, las decoraciones interiores de los monasterios contemplativos, la ciencia heráldica, esos frescos que pintó Goya en la Quinta del Sordo, los diarios íntimos. Los cantores de gestas han despreciado generalmente estas hazañas inútiles y autoconclusivas, realizadas (¡para colmo!) entre ciertas comodidades, como si subir riscos entre enormes penalidades contribuyese más al progreso humano que pasar la tarde dibujando junto a la estufa.
He aquí la cuestión fundamental: hay quien pinta, pudiendo no pintar. ¡Caramba! Este valiosísimo ejercicio de autodeterminación (de libertad) concede a los pintores entregarse a toda clase de fruslerías técnicas e indagaciones complejísimas e intrascendentes. El gran triunfo de la pintura es haberse hecho de su capa un sayo, y haber logrado una paulatina desvinculación del mundo ordinario, quedando progresivamente más encerrada sobre sí misma y centrada en sus preocupaciones consustanciales: el color, la forma, la línea, la materia, etcétera. Esta emancipación (que ya la quisieran para sí los proletarios de las naciones) concede al arte la capacidad de aventurarse por caminos inesperados. Si la representación ha muerto, todo está permitido.
En la pintura subsiste una cualidad antiquísima, propia de la religión, la magia y las cadenas de montaje: el embeleso. Si un sistema se presenta como coherente y cerrado, todas sus partes, por pequeñas y despreciables que sean, tienen una función y un significado. Un pequeño garabato blanco en una norme superficie gris no puede estar ahí por casualidad. Cada gesto está ligado, por mecanismos evidentes o misteriosos, a todos los otros. Este es el encanto irresistible de la escolástica: habrá abundancia de entes sin necesidad, pero qué ordenaditos.